Jesús promete enviar su Espíritu, una presencia que no hace ruido, pero que da fuerza para seguir adelante. Él llega cuando alguien siente ganas de rendirse, cuando aparecen las lágrimas escondidas o cuando el corazón necesita volver a creer en sí mismo. Amar a Jesús no significa ser perfecto; significa abrirle espacio en la vida diaria: en el colegio, en la universidad, en las amistades, en la familia y en los sueños. Él quiere ayudar a cada joven a descubrir que su vida tiene valor, que su historia importa y que nunca está caminando solo. Incluso en medio de las caídas, Jesús sigue tendiendo la mano con paciencia y esperanza.